lunes, 8 de abril de 2013

Biblioteca del viajero - El Japón y su duende

Inaugurada en febrero de este año, ya es hora de que esta nueva sección siga cogiendo cuerpo y creciendo como se merece. Hoy le toca el turno a un libro que narra las aventuras del español Jose María Gironella por el país del sol naciente allá por el año 1963. Antes de adentrarnos en la obra, dado lo particular del caso, creo que merece la pena contar la historia de como llegó a mis manos hace algo menos de tres años. En plena revolución "mirica", con los preparativos del futuro viaje a Japón empezando a dar sus primeros pasos y el sol del verano menguando raudamente, recibí de manos de mi hermano, a quien siempre le agradeceré el presente, este inspirador relato que resultó ser totalmente desconocido para mi, en gran parte por llevar descatalogado varias décadas. No demoré su lectura.


Gironella conoció Asia por primera vez en 1962, visitando la India y Ceilán (actual Sri Lanka). De ese primer viaje dice, recalcando sus propias palabras recogidas en el prólogo, "El impacto fue tan fuerte que decidí volver sin tardanza a Asia. Aquello era otro mundo, y precisamente el otro mundo que andaba buscando". No es extraño que me sienta muy ligado a esta frase, pues creo haber recurrido a algo similar en más de una ocasión. Oriente sedujo nuestros espíritus, enamorándonos como pocas cosas lo hicieron antes. En este sentido también me liga al autor el hecho de que fuera un
 japonófilo empedernido. Teniendo estos elementos en cuenta es normal que cuando el conocido guitarrista Narciso Yepes le invitó a acompañarle en su gira por Japón este aceptara sin dudarlo.

El relato nos transporta a un país en ciernes de renacer tras la debacle de la guerra, con heridas aún frescas tratando de cicatrizar a pasos agigantados, en la búsqueda constante del cambio, ávido de modernización. El propio Gironella queda pasmado al llegar a Tokio ante la megaurbe que se muestra ante él. A lo largo de siete semanas recorre distintas ciudades, conociendo personajes de toda índole (desde estudiantes hasta médicos), empleando sus conversaciones en el análisis de la sociedad nipona de aquel momento, siendo en gran medida la retrospectiva perfecta para comprender los pilares de esta misma sociedad décadas después. En lo que respecta a sus visitas, es especialmente significativa la que realiza al hospital de las víctimas de la bomba atómica en Nagasaki, donde el propio Yepes improvisa un concierto inspirado por el sufrimiento del lugar, reflejándolo su amigo en un capítulo tan tierno como estremecedor.


También hay sitio para hablar de la mujer, tanto de la de a pie como de la idealizada Geisha, concepto con el que la mayoría de los occidentales están terriblemente equivocados, pecando de una ignorancia difícil de digerir en muchas ocasiones. Como en cierta medida le ocurrió a servidor, Gironella sufre lo que podríamos definir como una "fiebre amarilla" muy feminizada a través de su interprete, que detesta a los hombres japoneses tan distintos de los Europeos. Finalmente una mezcla de diplomacia y sentido común (Gironella estaba casado) impiden que el asunto vaya a más.

En resumen un libro fantástico, recomendable tanto para amantes del Japón como para neófitos en este campo, incluso para aquellos que solo quieran pasar un buen rato. Pese a estar descatalogado es fácil hacerse con él por internet buscando un poco. Si queréis saber más del autor os dejo este enlace. Para concluir el mejor homenaje que puedo rendirle es haber hecho mías sus propias palabras que son reflejo de mi realidad al igual que lo fueron de la suya: "Asia me había enseñado que había diversos ángulos desde los cuales contemplar la vida y el hombre".

viernes, 22 de marzo de 2013

Espumosas de Vietnam

Aquellos que me conocen un poco, incluidos los lectores de este blog, saben de mi gran afición por cierta bebida fermentada que es casi tan antigua como el propio hombre. De tonos dorados por lo general, pudiendo oscurecer su tez como la misma noche, con una blanquecina capa, como mandan los cánones y es virtud de puristas, cubriendo la superficie hacia donde cientos de burbujas ascienden en alocada procesión. En efecto se trata de la cerveza, una de las bebidas de contenido alcohólico más internacionales. Tanto es así que en mis viajes intento probar tantas como me es posible, hasta el punto de convertirse en un atractivo turístico más.

Durante mi última aventura por Vietnam tuve ocasión de catar el resultado del buen hacer del sudeste asiático entremezclado con la herencia cultural europea. Con un clima tropical que implica altas temperaturas y una humedad muy significativa, el hecho de parar a tomarse una cerveza mientras se descansa el cuerpo está a la orden del día. A lo largo del país podemos encontrar distintas variedades según la región en la que nos encontremos.

Amante sí, experto no, de ahí que no me vaya a dedicar a analizar cada una de las espumosas que muestre a continuación, sino más bien a dejar alguna curiosidad en relación a la foto o el lugar donde bebí la cerveza. Si queréis un análisis más profundo os recomiendo la sección "Cervezas delmundo" del blog "El Pachinko".


Tiger: la primera que probé nada más aterrizar en Saigón y refrescó nuestros primeros pasos por sus calles. La foto está tomada frente a la estación central de correos. Por cierto, al igual que fue la que inauguró debo apuntar que también fue la que cerró el ciclo en el aeropuerto de Ho Chi Minh, invirtiendo mis últimos Dongs en ella.


Tiger Crystal: en teoría una variedad algo más refinada que la anterior. Curiosamente la encontré en Hanoi.


Saigon export: típica en la zona sur al igual que otras variedades de esta marca. Esta acompañó nuestra primera cena en Ho Chi Minh.


Saigon Green: algo más fuerte que la export. En este caso ayudó a digerir una buena parrilla vietnamita a base de carnes, pescados y verduras.


333 export: también forma parte de la familia Siagon. Siguió a la green en esa misma cena de parrillada.


Bia Ha Noi: tras pasar por Camboya llegamos de noche a la capital. Sentados en una terraza en el centro disfrutando del caótico tráfico nos relajamos con esta cerveza.


Bia Hoi: la cerveza por excelencia de Vietnam y más en concreto del norte. No es una marca en sí misma, sino una variedad. Está elaborada sin conservantes ni aditivos, por lo que se tiene que consumir inmediatamente, y tampoco pasa demasiados controles sanitarios que digamos, pero bueno, siendo suave, refrescante y más barata que el agua (del orden de 20-40 cents de euro el vaso) a quién le importa.


Bia Lao Cai: la probé en las montanas de Sapa y fue amor de una sola noche, nunca más se volvió a cruzar en mi camino. Muy suave, algo turbia y de agradable sabor.


Hanoi beer: otro clásico del norte que no dejamos de probar en Ha Long, Hanoi y la propia Sapa, en este caso haciendo un pequeño descanso frente a sus magnificas montañas.


Bia Saigon: pese al nombre la foto está sacada en Hanoi, acompañando a un humeante plato de pho (sopa con fideos típica de Vietnam que puede acompañarse por lo general de ternera o pollo, es el plato básico de su dieta). También se puede encontrar en el sur del país.


Viet Ha: la encontré en un super perdido por Hanoi. Como ya había probado el resto me lance pese a ser la más barata con diferencia... y el paladar lo notó demasiado, poco recomendable salvo para curiosos.



Huda beer: clásico por excelencia en el centro de Vietnam, especialmente en el área de Hue.


Festival beer: de nuevo catada en Hue, está acompañó a una buena remesa de sushi que estaba espectacular, el mejor que he probado fuera de Japón.


Biere Larue: muy típica del centro y fácil de encontrar en otros puntos del país. La probamos por primera vez en Saigon y me arte de ella hasta la saciedad en Hoi An.


Biere Larue export: una variedad de la anterior con un punto superior de calidad que en este caso en concreto se deja notar perfectamente. La última que tome en Danang antes de coger el avión de vuelta a Saigon y de allí a casa.

lunes, 11 de marzo de 2013

Fatídicos recuerdos

Suele decirse que es más fácil acordarse de las cosas negativas que nos ocurren en la vida que de otras con matices más enriquecedores. Hasta cierto punto, y desde mi posición positivista a la hora de otorgar sentido a lo que me rodea, debo darles la razón a las voces que abogan por esto. Especialmente destacable resulta cuando nos encontramos en una situación de inmaculada felicidad donde parece que nada puede ir mal, y aunque no por ello nos descubramos y bajemos la guardia, nunca llegaremos a estar preparados para algunas cosas, sobre todo cuando desgraciadamente somos, en cierta medida, coprotagonistas de la escena.

Y es que tal día como hoy hace dos años, en mitad de una de las mejores experiencias de toda mi vida, aquel vil seísmo y el posterior tsunami que tantas vidas arrancó, transformó en cuestión de segundos el sueño, tiñéndolo en negro, arañando el fondo de mi alma y la de todo un pueblo, pero también agrandando un sentimiento de afecto hasta límites insospechados. Unidos por la tragedia, no solo nosotros, sino el mundo entero. Ese mismo mundo que rápido eco se hace de todo y casi con la misma velocidad se olvida de ello, aunque no siempre.


Si el año pasado hablaba de las relaciones que encontré con este suceso en Berlín (en este caso a través de mi hermano) y Estocolmo, el curso que ha seguido le ha tocado el turno a Bruselas, con una pequeña pero escalofriante relación de carteles que encontré frente a la catedral y que sigue dejando constancia de que las personas, aunque selectivamente, seguimos teniendo memoria. También por internet se puede seguir recogiendo gran cantidad de información, como esta página en la que Toshiya Watanabe, habitante de Namie, actual ciudad fantasma a consecuencia del accidente nuclear, muestra fotografía mediante el abandono del que un día fue su hogar.

Debo confesar, llegados a este punto, que desde hace dos años y los días que siguieron no me había atrevido a ver ningún video o documental de todo aquello; hasta hace unas semanas. Tenia miedo de retirar la fina capa que cubría esos sentimientos que guarde a mi regreso, no sabía como iba a reaccionar, que imágenes volverían a pasar por mi mente o si realmente estaba preparado para enfrentarme de nuevo a tierra y mar. No había alcanzado el minuto del reportaje cuando ya tenia el vello erizado, algo más bastó para que mi cabeza sintonizara una película paralela, mi propia historia, y no mucho más hizo falta para que finalmente brotaran las lágrimas. Aquí debajo dejo el documental para los interesados.



Recordar a veces es doloroso, nadie lo puede negar, pero también es necesario, sobre todo cuando se trata de vidas. Por ello no quiero dejar de mentar nuestra propia tragedia que marcó esta fecha hace nueve años, pues la crueldad de la naturaleza solo puede ser superada por la del ser humano. Mi mas sincero y sentido abrazo para todas las familias, tanto en España como en Japón, que se vieron afectadas en estos casos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Al mal tiempo... Teru Teru Bozu

Con la proximidad del buen tiempo el invierno, deseoso de no hacernos olvidar su presencia, acomete sus últimos coletazos en forma de generosos aguaceros que, al menos en el centro de la península, hace que añoremos la viva luz del astro rey desaparecida hace unos días. Pensando en una posible solución, bien consciente de mi condición humana, he recordado una vieja costumbre nipona que resulta perfecta para esta situación. Amuletos, una buena carga de fe, bastantes risas y la esperanza de que mejore el día son buenos alicientes.

El Teru Teru Bozu (てるてる坊主) es un muñeco tradicional japonés empleado, sobre todo por los niños, en los días lluviosos con el fin de que mejore la situación climatológica atrayendo el buen tiempo, especialmente cuando se aproximan las vacaciones, un viaje o un acontecimiento importante. La popularidad de este muñeco se remonta al periodo Edo (también conocido como Tokugawa 1603 - 1868), cuando al parecer, según cuenta la leyenda, durante una época de lluvias que amenazaban con arruinar la cosecha de arroz, un monje prometió a los agricultores detener las aguas y traer el sol de regreso, pero al no conseguirlo terminó siendo ejecutado. Si tenemos esto en cuenta la traducción de la palabra puede que no resulte extraña, pues Bozu se refiere a los antiguos monjes budistas que llevaban la cabeza afeitada, mientras que Teru Teru es una broma en relación al brillo del sol sobre una testa calva. 


En aquel entonces al fabricarlo había que recitar las siguientes palabras: "sacerdote del buen tiempo, por favor, deja que mañana haya buen tiempo". Hoy en día se canta una canción bastante popular:

Teru-teru-bozu, teru bozu                          Teru-teru-bozu, teru bozu
Ashita tenki ni shite o-kure                         Haz que mañana haga un día soleado
Itsuka no yume no sora no yo ni                Como el cielo una vez en mi sueño
Haretara kin no suzu ageyo                       Si está soleado te daré un cascabel dorado

Teru-teru-bozu, teru bozu                          Teru-teru-bozu, teru bozu
Ashita tenki ni shite o-kure                        Haz que mañana sea un día soleado
Watashi no negai wo kiita nara                Si haces que mi sueño se vuelva realidad
Amai o-sake wo tanto nomasho               Nosotros beberemos mucho vino dulce de arroz

Teru-teru-bozu, teru bozu                        Teru-teru-bozu, teru bozu
Ashita tenki ni shite o-kure                       Haz que mañana sea un día soleado
Sore de mo kumotte naitetara                 Pero si está nublado y tú estás llorando
Sonata no kubi wo chon to kiru zo          Entonces, yo te cortaré la cabeza

  
Hacerlo es muy sencillo. Para el cuerpo se puede emplear un trozo de tela blanco o papel tisú (en mi caso he utilizado un viejo pañuelo). La cabeza se rellena con algodón, papel de aluminio u otro material al que se le pueda dar forma esférica. Se decora la cara al gusto de cada uno, ya sea cosiendo, pegando o dibujando. Finalmente se cuelga con un trozo de cordel o un hilo en la ventana. Debemos colocarlo con la cabeza hacia arriba si pretendemos ver el sol, pues si lo dejamos hacia abajo significará deseo de atraer lluvia.



En Japón se pueden ver en cualquier parte del país, ya sea en la ciudad o en el campo, pero no es tan fácil encontrarlos, como es obvio, en cualquier estación. En mi caso los pude ver por primera vez en la villa de Takayama, en los famosos Alpes Nipones. La verdad es que funcionó a la perfección, pues pese al frío y la nieve los días que estuvimos allí no sufrimos precipitaciones y nos acompaño el buen tiempo.

Así que ya sabéis, si no os gusta el clima y queréis instaurar una pequeña tradición asiática en vuestro hogar más fácil creo que no puede ser. ¡Animaos!